El horror que se acerca es peor que el error que se va.
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lunes, 20 de octubre de 2014
domingo, 14 de septiembre de 2014
Ira
Terror profundo cuando la tierra se abría. Terror inmenso cuando las aguas llenaban los huecos de las tierras. Era la ira de Gaia.
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sábado, 13 de septiembre de 2014
Agravios colaterales
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lunes, 16 de junio de 2014
Ermitaño
Le horrorizaba la idea de hacer el ridículo. Y por ello nunca salía de casa. Hasta que encontraron su cadáver, con una mueca ridícula.
viernes, 17 de enero de 2014
Emparedada
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jueves, 9 de enero de 2014
Enterrados y aplastados
Me he enterrado
rápidamente, antes de que allanen la tierra con sus orugas apisonadoras.
Dejando que el minúsculo tubo me traiga el aire del exterior, tomado a mínimos
sorbos, controlando al mismo tiempo las arritmias de un corazón desbocado. En
la oscuridad, siendo llenados mis agujeros corporales por la insalubre arena.
Me pregunto cómo
hacer para no hacer notar mi rastro, con los últimos arañazos en la última
arena que cubrirá mis manos. En una tumba.
Y de pronto, al
no poder contar con el sentido de la vista, la vibración creciente me avisa del
acercamiento paulatino. Las grandes planchas, que lo aplastan todo, serán mi
salvación. Mi respiración sufrirá una conmoción por más de dos minutos. Pero no
importa. Me he entrenado demasiado tiempo en el arte de la asfixia. Para este
momento.
Los tapones de
cera maleable en mis orificios nasales filtran milisegundos de olor
nauseabundo. Pero es el mejor sistema. Enterrado con los otros. Rodeado de
cadáveres. Y los
enterradores-aplastadores me sobrepasarán. Y cuando me alcance la última
plancha tendré cinco minutos para recomponerme del aplastamiento y seguirles
para poder yo aplastarles.
El comandante
debe de estar haciendo su cronometraje. Para que el plan surta efecto.
Seguro que a los
noventa y tres desperdigados en el campo de exterminio nos está pasando la
misma idea por la cabeza: Este pequeño sacrificio vale la pena. Todo vale la
pena por la venganza. Los nuestros, vengados con justicia.
martes, 10 de diciembre de 2013
N. R. F.
Mientras
me preparaba para irme a trabajar, dejé a mi hijo viendo la tele, para que se
distrajera y no incordiara.
Al cerrar el grifo, tras enjuagarme la
boca, escuché unas carcajadas que provenían del salón.
Acercándome a mi hijo, para acoplarle la
minimochila y poder largarnos a la guardería, me fijé que sus risas se
mezclaban con los gritos de angustia de una damisela, en la pantalla, que
estaba siendo mordida por un zombi descerebrado.
Caí, entonces, en la cuenta de que mi hijo
era un N. R. F. (Niñito Rarito "Felís").
(Dedicado
a Estela Tatiana, mi hija)
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jueves, 18 de julio de 2013
Tu muñeca
Acomodé todo mi
peso en mi glúteo derecho mientras me asomaba por la ventanilla para vomitar
parte del almuerzo repugnante de la hamburguesería de carretera. El aire fresco
de aquellos instantes era el único atisbo de libertad que me permitía mi
acompañante mientras era vigilada férreamente por sus ojos de culo de botella,
a la vez que los entornaba para mirar la carretera que tenía delante.
Me limpié la
última salivilla con la manga y su mano derecha tiró del cinturón, donde me
tenía agarrada, como apoyando solidariamente el trabajo que ya hacía la cadena
con la que estrangulaba mi cintura.
No hablábamos,
pues su chirriante voz ya me había amenazado suficientes veces, y especulaba,
de vez en cuando, en voz alta, sobre los kilómetros que faltaban para llegar a nuestro
destino.
Lo que me
esperaba allí estaba reservado a su depravada imaginación, pues cuando, dos días
y medio antes, me despertó en la cabina del convoy, para amenazarme con no
volver a ver más a mi madre, de la que me había separado con argucias de charlatán
embaucador antes de apagar su conocimiento y sentido, me relató que nos
dirigíamos a un paraíso de quietud, donde él podría obrar a su antojo y yo
gritar con incontinencia.
Desde su primera
amenaza, yo no abrí la boca, por lo que me resultaba fascinante que, en su
soliloquio, se refiriera a mi voz como propia de un ángel, cuando, creía yo, no
había tenido tiempo de escucharla.
Su interés
sexual por mí no se hizo patente hasta que cayó la noche del tercer día de
carretera, pues, el muy bellaco, había aprovechado mi extremo cansancio para
repostar combustible y para levantarme la falda en la oscuridad de la noche.
Sus sucios dedos acariciando el cinturón de mi vestido y posándose en mi piel
tersa y seca.
El hambre me despertaba
de sus excursiones táctiles, pues el estómago se quejaba, y él, miope imberbe,
me partía, contra la guantera, unas cuantas nueces, que yo tragaba presurosa
ante su jolgorio insultante.
Me aguantaba las
ganas de orinar todo lo que podía, pues no quería que sus imaginaciones
calenturientas se hicieran realidad antes de tiempo, por lo que el remedio era
peor que la enfermedad, ya que se me acumulaban todas las indisposiciones
posibles y el olor, que a él no parecía importar, era ya nauseabundo.
Su remedio, ante
todo aquello, fue previsible. Por la mañana del cuarto día llegamos a su
refugio, y nada más desencadenarme y bajarme a trompicones, embebió en gasoil
los asientos y prendió fuego al que nos había llevado hasta allí.
Mientras mirábamos
como ardía la cabina, nos íbamos alejando hacia un pequeño estanque, donde,
para mi sorpresa, me obligó a bañarme y, según sus palabras, así librarme de
todo el bochorno que debía tener en mi conciencia.
No adiviné, tras
aquellos vidrios verdes y sucios, la expresión de sus ojos al verme desnuda,
pero que no se moviera un ápice mientras me contemplaba me dio pistas de su
naturaleza.
Cuando terminé
de ensuciar el agua de la orilla, le miré, sólo le miré, y a mi mirada inocente
y quejumbrosa, respondió con un tirón salvaje de la cadena, tan inesperado que
casi me quebró el espinazo. No le di el gusto de gritar, pero sí de llorar en
silencio.
Desnuda, pasé al
lado del calor del incendio, pues el camión no había explotado, imagino que
para no atraer oídos lejanos impertinentes. Él andaba, dándome la espalda, unos
siete pasos por delante de mí, llegando al porche de la cabaña y empujando
suavemente la puerta hacia dentro.
Me esperó bajo
el umbral de la entrada, recorriendo mi cuerpo con la mirada, y alcanzándome,
con la mano libre, una toalla gigantesca con la que envolví mis temblores
tiritantes.
Una vez en el
recibidor quedé impactada por lo que me anunciaban sus amarillos dientes
irregulares como su bienvenida al hogar, a su dulce, a nuestro dulce hogar.
Han pasado tres
años y soy medio feliz junto a él. Me equivoqué en sus pretensiones, pues jamás
ha tocado otra piel que no pertenezca a alguna zona inocente de mi cuerpo y
jamás me ha forzado a hacer nada que yo no quiera y que no se pueda hacer
dentro de los límites de este extraño enclaustramiento, y jamás me ha hecho
llorar salvo de soledad, cuando me abandona para buscar alimento o sostén
económico para mantener este paraíso privado.
Me permite
escribir esto, y me hace dudar de si me robó a
mi madre, viuda en aquel tiempo, o fue ella la que me dejó ir.
Cada vez me
repele menos pues, aunque no cuida su aspecto, se separa de mí cuando huele a
cerveza o a sudor de huerto.
Tengo ya quince
años y sigo siendo virginal y pura, excepto en mis pensamientos, cuando a veces
me clama el espíritu de venganza. Pero, pienso, no tengo aún fuerza física para
matarle y huir.
Dejaré que me
alimente con sus mimos y sufriré, silenciosa, mi soledad, y saciaré su
felicidad, la que fue a buscar aquella mañana de otoño, ya lejana, cuando se
acercó al centro comercial para conseguir una muñeca, que ahora agradece, en
sus rezos nocturnos, a Dios.
Yo también
agradeceré a Dios el día en que pueda romper en mil pedazos el tarro en que
guarda mi lengua en formol, porque, por lo menos, esa parte de mi cuerpo será
libre, y aunque no pueda recuperar las palabras que nunca he podido decirle, gritaré
mi alegría por el recuerdo que tengo de una vida lejos de estos prados, del
estanque maravilloso, de esta casa de ensueño.
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sábado, 15 de junio de 2013
Comienza el CICLO DEL PAVOR
Hace poco una lectora me decía que soy un friki que sólo sabe escribir historias de ciencia ficción para frikis. Creo que esta afirmación no es correcta, pues, como puedo demostrar en mis publicaciones en varias páginas web dedicadas a relatos cortos, escribo también poesía, reflexiones, dramas, microrrelatos y cuentos para niños y no tan niños.
Pero ahora quiero ir un poco más allá, empezando por mi blog para escribir también relatos de TERROR, auténtico terror por lo reales y quizás realizables y ya realizados en el mundo real. Así es como empieza mi Ciclo del Pavor, cuyos relatos y microrrelatos publicaré individualmente en algunas de esas páginas dedicadas a la literatura breve.
RUMORES
Críspulo
Hontananzas saludó calurosamente a su compadre Eustaquio antes de susurrarle,
con su aliento cargado en alcoholes, que su esposa estaba sacando los pies del
plato con su otro compadre, el Huevón Florindo, a lo que el supuesto ultrajado
contestó cortando de un tajo de navaja la sonrisa desdentada del cotilla
fabulador y mentiroso, y cuando, la cara chorreante de sangre preguntó el
porqué con un movimiento descontrolado de ojos, el compadre Eustaquio, susurró
también al oído, antes de cortar la oreja que lo ampliaba, que nadie se burlaba
de su esposa, aún virgen, y menos aún del único amor de su vida, el edulcorado,
amable, lisonjero y buen amante Florindo el Huevón.
HARTO
El maldito asesino
acababa de abandonar a su reciente víctima a los perros de la noche, sabiendo
que el olor del desventrado los atraería. Con sangre fría limpiaba el arma
homicida y, mientras lo hacía, recordaba con sorna los lamentos de súplica del
aterrorizado condenado.
Visualizaba ya la
cara del próximo sacrificado en su ritual y se prometía que sería una mujer,
porque ya estaba harto de buscarse en otros rostros masculinos, pues eso es lo
que hacía al suicidarse poco a poco con cada vida que arrebataba.
DIOS DINERO
Si tenía dinero,
era para disfrutarlo.
Y si tenía
muchísimo dinero no era para derrocharlo sino para vivir experiencias
irrepetibles, porque lo que tenía claro es que nadie había vuelto para
asegurarle que había otra vida después de ésta.
Las perversiones
normales, las que estaban más al uso entre los que eran como él, ya no le
satisfacían, y buscaba nuevas experiencias que inyectaran más adrenalina de lo
normal a su cerebro.
La libertad de no
haber caído en la trampa del matrimonio le había permitido experimentar todo lo
inimaginable con su sexo y el de los demás.
El anonimato que le
brindaba el chorreo continuo de sobornos a políticos e integrantes de las
fuerzas de seguridad, había hecho que sus ansias sadomasoquistas no alcanzaran
un umbral razonable. Pero siempre quería más, y al querer más, veía menguado el
universo de tentaciones.
Todo y todos tenían
un precio y él, por ahora, estaba dispuesto a pagarlo.
La vida de los
otros era un cheque en blanco, pero la muerte de los demás era algo más que el
poder de un dios, el que él personificaba cuando le daba en gana.
(Nota del autor: Este relato se lo dedico a Fernando García Mediano, padre de Miriam, una de las niñas asesinadas en Alcàsser, por ser un auténtico buscador de la Verdad y la Justicia, tan falta en este país llamado España)
YO DENUNCIO
Religiosamente bienhallado.
Religiosamente maniatado.
Religiosamente amordazado.
Religiosamente apaleado.
Religiosamente deshonrado.
Religiosamente invadido por la carne extraña de uno de los siervos de Dios en la Tierra.
El pecado de la provocación, por ser inocente y puro, debe ser castigado.
(Nota del autor: No es mi intención atacar las ideas religiosas de mis lectores. Sólo denuncio, de una forma literaria, un hecho constatado, y reprobado por la mayoría de los integrantes de la Iglesia Católica)
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martes, 17 de abril de 2012
Un cuento: LUNA
En la Caverna de las Abluciones, los hombres
y mujeres se hacían merecedores del amor de la Tierra, a la que ellos llamaban
Madre.
Y después, con los pies aún mojados, se
dirigían todos en fila al exterior para dejarse abrazar por las ramas de los
árboles y acariciar por los arbustos florecidos.
La bendición caía,
entonces, sobre ellos. El Sol se despedía perdiéndose bajo el contorno del
planeta. Y si el amanecer había sembrado la repurificación de sus almas, el
apogeo emancipaba sus espíritus.
La dicha les extasiaba pues el ocaso
premiaba sus vidas dándoles esperanzas de continuarlas en un estado de pureza
absoluta.
Abrazando los recios troncos, aspirando los
efluvios de la flora, admirando la mixtura de los colores, sabían que, con la
oscuridad, se escaparía el hechizo y se borraría todo vestigio de belleza.
En las noches de Luna Llena se alargaba el
efecto y las jornadas no se consumían hasta que retornara la total falta de claridad.
Fue en uno de aquellos plenilunios cuando
apareció un tal Lam Am, proveniente de lejanas tierras. En seguida le aceptaron
como miembro de su comunidad, tan cerrada para otros que lo habían intentado en
el pasado.
Siempre había existido cierta anarquía
grupal. Sin saber cómo canalizar sus intenciones vitales se sentían faltos de
líder, y Lam Am, desde el principio, les orientó sobre sus ansias haciéndolas
converger en un fin común.
-Os digo que he venido para que abráis los
ojos. De donde he venido hay más hombres distintos en todo a nosotros, existen
otras tierras que sustentan otras muchas formas de vida inteligente.
-Dinos, Lam Am, ¿cómo sabes tú eso?
Lam Am, con sus brazos levantados al cielo,
sonreía con cada uno de sus interrogantes.
-Estuve entre ellos durante décadas, aunque
nunca pude llegar a ser como ellos. Cuando decidí dejarles, me consideraron
rebelde, pues siempre creyeron que me había dejado arrastrar por su Sistema- el
fulgor azul de la Luna se reflejaba en su sudorosa faz-. Los que allí habitan
tienen muchas comodidades que les hacen la vida más fácil. No trabajan, como
nosotros, la tierra para obtener sus frutos. Ya no realizan esfuerzos físicos
de ningún tipo para sentirse útiles. Lo son de otra manera, o eso creen ellos.
Rodeados de sus chozas, construidas con
juncos ribereños del río, tan cargado de vida, del que extraían parte de sus
nutrientes, la supremacía mental del orador era, para todos ellos, un signo
claro de intervención divina. No se sentían, sin embrago, doblegados por ella.
-Atormentado por la miseria humana, allá
donde esté presente, trato de encontrar una salida a las ilusiones que me he
hecho sobre el modo de ayudar a los demás.
Un hombre de edad avanzada, falto de
dientes, falto de cabello, falto de reflejos, abandonó la posición sedente en
la que todos escuchaban a Lam Am y se dirigió hacia él, con resignación, con un
brillo especial en su mirada que sólo los más cercanos al maestro podían ver.
-Dinos, Lam Am, ¿qué estás planteando? Hubo
antes de ti otros que quisieron enseñarnos el camino. Siempre buscando la
evolución que estaba escondida a los ojos de los más sabios. ¿Por qué debería
ser distinto esta vez? ¿Qué diferencia habría?
Lam Am no era un advenedizo. Lam Am no era
un improvisador. Sabía por qué estaba allí. Y no se iba a dejar amedrentar por
el pasado de aquellos a los que hablaba.
-Decido pues que todo tiene un sentido y que
alguien produjo ese sentido. Ya tengo un objetivo: buscarlos a ambos. Y en ello
estoy. Pero no contento con ello, quiero que los demás hagan lo mismo. Es
delicioso, inconmensurablemente magnífico irse encontrando poco a poco a uno
mismo. Cuanto más me doy cuenta de quién soy, por qué soy y para qué soy, más
ganas tengo de comprender a los demás, a los que recorren la misma senda que
yo, y los que no, para que empiecen a recorrerla. A veces me pregunto: ¿Y
después qué? Cuando me haya conocido totalmente, ¿qué debo hacer? La respuesta
es siempre la misma: Nunca llegaré a conocerme de verdad, porque el mismo hecho
de estar haciéndolo me hace ir subiendo escalones de mi evolución interna,
escalones que separan niveles que son desconocidos para mí, y así siempre, y
así siempre. Y después, de vuelta a encontrar al prójimo.
El hombre mayor, de cuyo nombre nadie se
acordaba, levantó en el aire el cayado en el que se apoyaba y, ante la mirada
horrorizada de Lam Am, lo hizo chocar varias veces contra su cráneo. Nadie dijo
nada. Nadie hizo nada.
Lam Am, desfigurado el rostro, inservibles
sus ojos, lanzó un grito desesperado, fruto más de las heridas de su alma que
las de su cuerpo, ambas las que estaban acabando con su vida.
-¡¿Por qué?!
El hombre mayor, aún de pie frente al
guiñapo sanguinolento, sonrió y miró con complicidad a sus vecinos, y casi
ininteligiblemente, por la falta de dientes, por la falta de labios, dijo algo
al agujero en la cabeza de Lam Am, donde minutos antes debió haber una oreja,
que era más un mensaje destinado a sí mismo que para aquel al que se le
escapaba el último hálito.
-Quizá esté loco. Quizá el loco lo hayas
sido tú. En cualquier caso, he querido ayudarte a evolucionar. Intenta volver
del lugar a dónde vas y cuéntanos qué has visto. Eso también nos ayudará en
nuestra búsqueda. Hasta entonces, gracias.
Se incorporó, lamió el extremo del báculo
con fruición y dando la espalda al cadáver se dirigió a la Caverna de las
Abluciones.
Cuando la luz de la Luna dejó de proyectarse
sobre su persona, el grupo tomó la parte de divinidad que le correspondía, y
cada trozo de carne, cada víscera, cada hueso, fue tomado, en su justa medida,
como parte del amor de la Tierra, a la que ellos llamaban Madre.
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